Santuario Nuestra Señora de los Milagros

HOY CELEBRAMOS…

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Jueves IV Cuaresma Solemnidad de San José. Ha pasado en silencio por las páginas evangélicas. Es sólo —y nada menos— un creyente que presta atención al Dios que se le muestra en los sueños, que se admira ante la presencia del misterio en su hijo. José es el hombre de la escucha y del silencio.

Evangelio según san Mateo 1, 16. 18-21. 24a Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, como era justo y no quería difamarla, decidió repudiarla en privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de los pecados».
Cuando José se despertó, hizo lo que le había mandado el ángel del Señor.

Palabra del Señor

Reflexion: Hoy celebramos la solemnidad de San José, el hombre justo, el custodio silencioso del misterio de Dios. Las lecturas que hemos escuchado nos revelan una verdad profunda: Dios cumple sus promesas, pero lo hace de maneras inesperadas, a través de personas humildes que saben confiar.

En el segundo libro de Samuel, Dios promete a David una descendencia estable, un reino que permanecerá para siempre. Esta promesa parecía referirse a una dinastía humana, pero en realidad apuntaba mucho más lejos: al Mesías. Y es aquí donde entra San José. Él es el eslabón silencioso que une esa promesa con su cumplimiento en Jesús. No es padre biológico, pero sí verdadero padre en el amor, en la responsabilidad y en la obediencia.

El salmo nos recuerda que la fidelidad de Dios es eterna. “Su linaje será perpetuo”. Y esta fidelidad se hace concreta en la vida de José, que confía incluso cuando no entiende del todo lo que ocurre. Dios le pide algo humanamente desconcertante: aceptar a la Virgen María y al hijo que ella lleva en su seno. José podría haberse retirado, podría haber elegido el camino fácil. Pero no lo hace.

San Pablo, en la carta a los Romanos, nos habla de Abraham, que creyó “esperando contra toda esperanza”. Esa misma fe la vemos en José. Él también cree contra toda lógica humana. Cree que Dios está actuando, aunque no tenga todas las respuestas. Y por eso se convierte en modelo de fe: una fe que no necesita explicaciones completas para decir “sí”.

En el Evangelio de Mateo vemos el momento decisivo: José recibe “en sueños” la revelación de que el niño viene del Espíritu Santo. Y su respuesta es sencilla, pero inmensa: “hizo lo que le había mandado el ángel del Señor”. No hay discursos, no hay preguntas, no hay condiciones. Solo obediencia confiada.

San José nos enseña varias cosas esenciales para nuestra vida cristiana:

Primero, que Dios actúa en lo cotidiano. José no hizo milagros visibles, no predicó multitudes, no escribió nada. Pero vivió con fidelidad su misión diaria. Nos recuerda que la santidad no siempre es extraordinaria, sino profundamente fiel.

Segundo, que la verdadera grandeza está en la obediencia. En un mundo que exalta la autonomía absoluta, José nos muestra la belleza de escuchar a Dios y dejarse guiar.

Y tercero, que el amor verdadero es responsable y valiente. José asumió una misión difícil, protegió a su familia y cuidó del Hijo de Dios con ternura y firmeza.

Hoy, al celebrar esta solemnidad, pidamos aprender de él. Que sepamos confiar cuando no entendemos, obedecer cuando Dios nos llama, y amar con un corazón generoso.

Que San José, custodio de Jesús y de la Iglesia, nos acompañe y nos enseñe a vivir una fe silenciosa, pero firme.

*Dios te bendice: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

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