Domingo XXVI ciclo A
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
San Vicente de Paúl (1581-1660) fue sacerdote francés y uno de los grandes apóstoles de la caridad. Profundamente conmovido por la pobreza material y espiritual de su tiempo, consagró su vida a evangelizar a los pobres y formar al clero. Fundó en 1625 la Congregación de la Misión (Misioneros Paúles) y, junto con Santa Luisa de Marillac, las Hijas de la Caridad. Impulsó también las Cofradías de la Caridad, convencido de que el amor cristiano debía ser a la vez afectivo y efectivo. Murió en París el 27 de septiembre de 1660. Su vida puede resumirse en una convicción: en el pobre encontramos y servimos al mismo Jesucristo.
Evangelio según san Mateo 21, 28-32 En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Hijo, ve hoy a trabajar en la viña”. Él le contestó: “No quiero». Pero después se arrepintió y fue.
Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: “Voy, señor”. Pero no fue.
¿Quién de los dos cumplió la voluntad de su padre?».
Contestaron:
«El primero».
Jesús les dijo:
«En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el camino de la justicia y no le creísteis; en cambio, los publicanos y prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis».
Palabra del Señor
Reflexión. Un padre pide a sus dos hijos que vayan a trabajar a la viña. El primero responde: «No quiero». Pero luego se arrepiente y va. El segundo contesta: «Voy, señor», pero no va.
Jesús no pregunta cuál de los dos habló mejor. Pregunta cuál hizo la voluntad del padre. Y esa pregunta llega hoy hasta nosotros.
Pensemos en algo muy sencillo. Una madre mayor dice a su hijo: «Cuando tengas un rato, ven a verme». Él responde con cariño: «Sí, mamá, esta semana voy». Pasan los días, llegan otras ocupaciones y la visita no ocurre. Otro hijo, cansado y con sus propios problemas, responde de mala manera. Después recapacita, toma el abrigo y llama a la puerta de su madre.
Todos sabemos qué visita esperaba aquella madre. También nuestro Padre del cielo espera algo más que palabras hermosas: espera nuestro corazón y nuestros pasos.
Pero el Evangelio no está escrito para que señalemos al segundo hijo en otra persona. Está escrito para que cada uno se pregunte: «Señor, ¿dónde te he dicho que sí y todavía no he ido?». Quizá prometí perdonar y sigo alimentando el rencor. Quizá digo que me importan los pobres, pero nunca encuentro tiempo para escuchar a quien necesita ayuda. Quizá vengo a misa con fidelidad, y hay alguien en mi casa que echa de menos mi paciencia.
Y, al mismo tiempo, este Evangelio trae una inmensa esperanza. El primer hijo dijo que no, pero pudo cambiar. Nadie queda condenado por su primera respuesta. Se puede volver a empezar. La primera lectura nos recuerda que, cuando una persona se aparta del mal y practica el bien, encuentra la vida. El Señor no se cansa de abrirnos la puerta.
Citamos, además, este domingo más expresamente a San Vicente de Paúl, entre otros motivos pues el papa León lo ha señalado expresamente en este su viaje apostólico a Francia. San Vicente comprendió este evangelio de un modo muy concreto. Al encontrarse con la necesidad espiritual de un campesino moribundo, vio con mayor claridad el abandono en que vivían muchas personas. Aquel hombre tenía un nombre, una historia y un alma que necesitaba ser escuchada. Vicente dejó que ese encuentro le cambiara la mirada y los pasos.
Eso es lo que hoy nos pide también el Señor. A veces buscamos una gran obra para servirle y pasamos de largo ante la persona que tenemos cerca. La viña puede ser la habitación de un enfermo, la casa de un vecino que está solo, el confesionario donde alguien reúne valor para regresar a Dios, o nuestra propia familia al terminar esta misa.
Y no pensemos que san Vicente pudo hacer todo aquello porque nunca se cansaba o porque todo le resultaba fácil. El camino del servicio pide volver cada día a Jesús. San Pablo nos invita a tener sus mismos sentimientos. Cristo se abajó, se hizo servidor y entregó su vida. Cuando nos cuesta amar, podemos acudir a él y decirle: «Señor, hoy no me sale. Enséñame a dar el paso».
Quizás alguno ha llegado hoy pensando: «He fallado demasiado; mi vida ya no puede cambiar». Escuche bien la voz del Evangelio: todavía puede levantarse e ir a la viña. Y quizá alguno necesite escuchar otra invitación: «Llevas tiempo diciendo que sí; da hoy el paso que tienes pendiente».
Al acercarnos a la Eucaristía, pongamos ante el Señor una respuesta concreta. Un nombre. Una visita. Una llamada. Una reconciliación. Pidamos a san Vicente que nos ayude a reconocer a Cristo en los pobres, y a la Virgen María, Madre De la Iglesia, que nos acompañe para cumplir con amor aquello que Dios nos pide.
Que hoy nuestro «sí» salga de los labios, llegue al corazón y se convierta en camino.
Feliz Domingo oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

