Santuario Nuestra Señora de los Milagros

ES DOMINGO…

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Evangelio según San Juan 10, 1-10 En aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca fuera. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor

Reflexión En este IV Domingo de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta una imagen profundamente consoladora y exigente a la vez: Jesús como el Buen Pastor y como la puerta de las ovejas.

No es casualidad que en medio del tiempo pascual, cuando celebramos la vida nueva en Cristo, se nos invite a contemplar esta relación íntima entre el Señor y su pueblo.

En el libro de los Hechos de los Apóstoles, escuchamos a san Pedro proclamando con valentía: “Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien vosotros habéis crucificado”. Estas palabras no son una acusación para condenar, sino un anuncio que busca tocar el corazón.

Y así sucede: la gente se siente interpelada y pregunta: “¿Qué tenemos que hacer?”. Esta es la pregunta clave también para nosotros hoy. La fe no es solo escuchar, sino dejarnos transformar.

Pedro responde con claridad: “Convertíos y bautizaos”. Es una llamada a cambiar de vida, a abrirse a la gracia, a dejar atrás todo aquello que nos aleja de Dios. La conversión no es un momento puntual, sino un camino continuo, una decisión diaria de seguir a Cristo, nuestro Dios y Señor.

El Salmo 22 nos recuerda con ternura: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. Esta confianza no nace de una vida sin dificultades, sino de la certeza de que no estamos solos. Incluso en abismos de oscuridad, el Señor camina con nosotros, nos guía, nos sostiene. ¿De verdad vivimos con esta confianza? ¿O nos dejamos dominar por el miedo, la incertidumbre, la autosuficiencia?

San Pedro, en su carta, nos presenta a Cristo como modelo en el sufrimiento: “Él cargó con nuestros pecados… por sus heridas habéis sido curados”. Aquí encontramos el corazón del misterio pascual: el amor que se entrega, que no responde al mal con mal, que transforma el dolor en salvación.

Seguir a Cristo Buen Pastor implica también aprender a vivir así: con paciencia, con amor, incluso cuando cuesta.

Y llegamos al Evangelio de san Juan. Jesús dice: “Yo soy la puerta de las ovejas… yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. No es una vida cualquiera la que ofrece Cristo, sino una vida plena, profunda, eterna. Pero hay una condición: entrar por Él. No hay atajos, no hay caminos alternativos que conduzcan a la verdadera vida. Jesús también advierte sobre los falsos pastores, aquellos que no buscan el bien de las ovejas.

Hoy también existen muchas voces que prometen felicidad, éxito o sentido, pero que en el fondo dejan vacío el corazón. Discernir a quién seguimos es fundamental. El Buen Pastor se reconoce porque da la vida por las ovejas, porque conoce a cada una, porque llama por su nombre.

Hoy se nos invita a preguntarnos: ¿escucho la voz del Buen Pastor? ¿Me dejo guiar por Él o sigo otras voces? ¿Confío realmente en su cuidado?

Pidamos al Señor Jesús la gracia de una fe viva, de una conversión sincera y de un corazón dócil para reconocer su voz. Que podamos decir con verdad: “El Señor es mi pastor”, y vivir cada día como ovejas que encuentran en Él su guía, su protección y su vida.

Feliz Pascua de Resurrección. oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

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