Santuario Nuestra Señora de los Milagros

ES DOMINGO…

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Domingo VIII Semana Ordinaria.
SANTISIMA TRINIDAD

Evangelio según Mateo 18, 16-20 En aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les habla indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra.
Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.
Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo».

Palabra del Señor

Reflexión. Con la fiesta de la Santísima Trinidad, la Iglesia hace algo que nosotros repetimos muchas veces cuando oramos, y es terminar este ciclo de grandes fiestas litúrgicas con un “Gloria” solemne al Dios Uno y Trino. Primero vino la Navidad; después, la Pasión, Muerte y Resurrección; finalmente, el regalo del Espíritu Santo. Ante esto, la Iglesia entera responde: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.»

Cuando se habla de la Trinidad, estamos demasiado acostumbrados a que lo que más se subraye sea el hecho de que es un misterio, es decir, incomprensible. Y eso hace que nos desentendamos: ¡si no se puede entender, mejor no pensar en ello! Sin embargo, el Papa Benedicto XVI en una de sus catequesis nos explicó que, cuando la Iglesia dice «misterio», no quiere decir «algo oscuro y difícil», sino «realidad luminosa y bella, aunque inabarcable».

Descubrir que Dios es una comunión de Personas tiene dos consecuencias enormes para la vida humana. La primera: Dios es un desbordar de Amor utilizando la Creación para comunicarse. Y la segunda: que Dios es Amor desde el cual nos hace entender que la vida y el ideal de la vida humana es la donación. Así, el rostro de Dios que nos ha revelado Jesucristo es que Dios es Amor, comunión de vida y de amor entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y el Dios que es Amor no vive para sí: ha querido hacer partícipe de su misma vida de amor al hombre, al que crea a su imagen y semejanza. Así pues, el ser humano no es fruto del azar, sino que es creado por amor y para el amor, que tiene su fuente y su meta en el Dios Uno y Trino.

Hemos de recuperar este sentido de Dios Trinidad en nuestras vidas. Porque lo importante, lo decisivo, la única y verdadera realidad es Dios y la vida en Dios, que es el Amor tripersonal. Esto es lo fundamental para el cristiano, esto es lo nuclear para la Humanidad.

En la Eucaristía está todo el amor de Dios Trinitario que se derrama sobre cada uno y que, a su vez, nosotros debemos comunicar a los demás. Es ahí, en la cruz, donde se debe definir qué es el amor para descubrir que son inseparables el amor de Dios y el amor a los hombres. Como decía el Papa Benedicto XVI: “No se trata ya de un ‘mandamiento’ externo que nos impone lo imposible, sino de una experiencia de amor nacida desde dentro, un amor que por su propia naturaleza ha de ser comunicado a otros. El amor crece a través del amor».

Somos distintos, venimos de procedencias diversas, con nuestra particular manera de pensar, atravesando situaciones diferentes; y, sin embargo, todos estamos unidos en una unidad entorno al Señor, presente, real, con su cuerpo y alma, con su divinidad entera, en el Pan de la Eucaristía. Cristo nos atrae a sí, nos hace salir de nosotros mismos para hacer de todos nosotros uno con Él. De este modo descubrimos que la comunión con el Señor siempre es también comunión con los hermanos.

Nuestra fe no es para vivirla con miedo ni con temor, sino con alegría y esperanza, porque nos permite dirigirnos a Dios como hijos, sabiendo que de antemano somos amados, esperados y queridos por el Padre. Dios, Uno y Trino, el Padre, el Hijo y el Espíritu, nos acompaña, nos habla y nos escucha sobre todo aquello que nuestro corazón tiene necesidad de confiarle. Si resulta admirable que nos podamos dirigir a Dios como Padre, no lo es menos que nos podamos sentir hijos, y aún, llenos de su mismo Espíritu.

Dios Padre, a través del Hijo, por el Espíritu, y de quienes Él ha llamado a su seguimiento, inicia una nueva Humanidad con un diluvio de amor y de bondad. Todos los cristianos, llamados a hacer camino con el Hijo, escucharán y verán; creerán y dudarán, pero Él les dirá: «Id, convertid a todos los pueblos, enseñándoles todo lo que habéis aprendido de mí. Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».

En este día oramos por la vida contemplativa como el regalo de una sonrisa amiga, limpia y transparente, susurros de Dios, bocanadas de aire fresco, reflejos del amor gratuito e incondicional del Señor. Su vida fraterna quiere ser, aunque pobre y humildemente, profecía y anticipo de la comunión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo hacia la que nos encaminamos.

Dios te bendice Oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.