Santuario Nuestra Señora de los Milagros

CORPUS

En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.

Domingo CORPUS CHRISTI

Evangelio según SAN Juan 6, 51-58 En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él. Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».

Palabra del Señor

Reflexión. Hoy la Iglesia celebra una de las fiestas más entrañables de nuestra fe: el Corpus Christi, la solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Celebramos que Jesús no quiso quedarse solamente en un recuerdo ni en una enseñanza, sino que quiso permanecer realmente con nosotros en la Eucaristía, alimento para nuestro camino y presencia viva en medio de su pueblo.

La primera lectura del Deuteronomio nos invita a recordar el camino del pueblo de Israel por el desierto. Dios permitió que experimentaran el hambre para enseñarles una verdad fundamental: «No sólo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca del Señor». El maná fue un don maravilloso, pero era un alimento temporal. Saciaba el hambre de un día, pero no daba la vida eterna.

También nosotros vivimos muchas veces buscando otros «panes»: el éxito, la comodidad, el dinero, el reconocimiento. Son realidades legítimas, pero ninguna puede llenar plenamente el corazón humano. Tenemos hambre de Dios, hambre de amor verdadero, hambre de eternidad. Y es precisamente a esa hambre profunda a la que responde Cristo en la Eucaristía.

El Evangelio nos presenta uno de los discursos más impactantes de Jesús: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo». Jesús no habla en sentido figurado. Repite con insistencia que quien come su carne y bebe su sangre tiene vida eterna. Estas palabras escandalizaron a muchos de sus oyentes, pero Él no las suavizó ni las corrigió. Porque estaba revelando un misterio inmenso: que iba a entregarse totalmente por nosotros y que seguiría haciéndose presente sacramentalmente en el pan y el vino consagrados.

La Eucaristía no es simplemente un símbolo de Jesús. Es Jesús mismo que se entrega. En cada Misa, el Señor renueva sacramentalmente el sacrificio de la cruz y se convierte en alimento para nuestra vida espiritual. Así como el cuerpo necesita el alimento cotidiano, el alma necesita nutrirse de Cristo.

San Pablo, en la segunda lectura, destaca otra consecuencia fundamental de la Eucaristía: la comunión. «El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos, formamos un solo cuerpo». Quien recibe el mismo Cuerpo de Cristo no puede vivir dividido de sus hermanos. La Eucaristía construye la Iglesia, crea fraternidad, derriba barreras y nos impulsa a vivir la caridad.

Por eso existe una contradicción cuando participamos de la Mesa del Señor y luego mantenemos resentimientos, indiferencias o injusticias. No podemos recibir a Cristo y cerrar el corazón al hermano. La auténtica adoración eucarística siempre conduce al amor concreto, al servicio y a la reconciliación.

En esta solemnidad, la Iglesia suele salir en procesión llevando el Santísimo por las calles. Es un gesto lleno de significado: Cristo no quiere permanecer encerrado en el templo; quiere caminar por nuestras ciudades, entrar en nuestras casas, iluminar nuestras familias, acompañar nuestras alegrías y sufrimientos. Proclamamos públicamente que Él es el Señor de nuestra historia.

Hoy podemos preguntarnos:

  • ¿Tengo verdadera hambre de Dios?
  • ¿Valoro la Eucaristía como el mayor tesoro de mi vida cristiana?
  • ¿Participo en la Misa con fe y preparación?
  • ¿Permito que la comunión con Cristo transforme mi relación con los demás?

Pidamos al Señor que renueve en nosotros el asombro ante este gran misterio. Que cada vez que nos acerquemos a comulgar lo hagamos con fe viva, reconociendo que recibimos al mismo Cristo que murió y resucitó por nosotros.

Que María, mujer eucarística, nos enseñe a acoger a Jesús con el mismo amor con que lo recibió en su seno y a llevarlo al mundo con nuestra vida.

Feliz Domingo del Cuerpo y de la Sangre del Señor oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.

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