
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Evangelio según San Mateo 5, 13-16 En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».
Palabra del Señor
Reflexión Las lecturas de hoy tienen un hilo clarísimo: la fe auténtica se nota, se ve, se saborea, ilumina. No es algo solo interior o privado; cuando es real, transforma la vida y el entorno.
Isaías es muy concreto. No habla de grandes gestos, ni de palabras bonitas, sino de gestos simples y exigentes:
compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, vestir al desnudo, no desentenderse del hermano.
Y entonces —dice el profeta— brotará tu luz como la aurora.
La luz no nace de discursos religiosos, sino de la misericordia hecha vida.
El Salmo 111 refuerza esta idea: el justo no es quien presume de fe, sino quien es compasivo, generoso y recto.
Esa persona, dice el salmo, brilla como una luz en las tinieblas. La luz cristiana no deslumbra ni humilla; orienta, acompaña y da calor.
San Pablo, en la carta a los Corintios, nos sorprende aún más. Él podría haberse presentado con grandes palabras, con autoridad intelectual, pero decide otra cosa: debilidad, sencillez y confianza en el poder de Dios.
¿Por qué? Para que la fe no se apoye en la elocuencia humana, sino en Dios mismo.
La luz cristiana no viene del ego, sino de dejar espacio a Dios.
Y entonces llegamos al Evangelio. Jesús no dice: “tratad de ser sal” o “intentad ser luz”. Dice: “vosotros sois”.
Es identidad, no tarea opcional.
Pero también advierte: la sal puede volverse insípida, la luz puede esconderse. Cuando eso pasa, el problema no es el mundo: es un cristianismo apagado, cómodo, que no quiere complicarse.
Ser sal es dar sabor, no pasar desapercibidos.
Ser luz es hacer visible el bien, no guardarlo por miedo, vergüenza o indiferencia.
Y atención: Jesús no dice que mostremos nuestras obras para que nos admiren, sino para que den gloria al Padre.
La fe auténtica no busca aplausos; apunta siempre a Dios.
Hoy el Señor nos pregunta, sin reproches pero con mucha verdad:
¿Nuestra fe ilumina a alguien?
¿Nuestra vida da sabor o se ha vuelto insípida?
¿Nuestras obras hablan de Dios o solo de nosotros mismos?
Que esta Eucaristía nos devuelva el fuego, el sabor y la luz. Porque cuando un cristiano vive el Evangelio de verdad, el mundo lo nota… y Dios es glorificado.
Dios te bendice oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
