
En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo.
Evangelio según San Mateo 5, 1-12a En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió al monte, se sentó y se acercaron sus discípulos; y, abriendo su boca, les enseñaba diciendo:
«Bienaventurados los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados los mansos,
porque ellos heredarán la tierra.
Bienaventurados los que lloran,
porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia,
porque ellos quedarán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo».
Palabra del Señor
Reflexión La liturgia de la Palabra de hoy contiene un mensaje profundo y, al mismo tiempo, muy consolador: Dios mira y elige lo pequeño, lo humilde, lo que no cuenta según los criterios del mundo.
El profeta Sofonías nos habla de un “resto” humilde y pobre, un pueblo sencillo que confía en el nombre del Señor.
No son los poderosos ni los autosuficientes quienes permanecen, sino aquellos que saben que necesitan a Dios.
Ese resto “no cometerá injusticias ni dirá mentiras”; es decir, vive desde la verdad y la confianza. Aquí ya aparece una clave esencial de la vida cristiana: la verdadera seguridad no está en la fuerza propia, sino en Dios.
Esta misma idea la retoma san Pablo en la primera carta a los Corintios. Pablo es muy directo: “No hay muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles”. Y no lo dice para humillar, sino para revelar algo hermoso: Dios no nos ama por nuestros méritos, sino por pura gracia.
Él elige lo débil para confundir a lo fuerte, lo necio para confundir a los sabios. Así nadie puede gloriarse delante de Dios; nuestra única gloria es Cristo.
El Salmo 145 es la respuesta llena de esperanza a todo esto: el Señor sostiene a los que caen, levanta a los oprimidos, da pan a los hambrientos y libera a los cautivos.
Nuestro Dios no es indiferente; es un Dios cercano, atento, fiel. Quien confía en Él nunca queda defraudado.
Y todo esto culmina en el Evangelio de hoy, las Bienaventuranzas según san Mateo. Jesús sube al monte, se sienta —como maestro— y proclama el corazón de su mensaje.
Las bienaventuranzas no son simples consejos morales; son la descripción del modo de vivir de Jesús, el Señor, y, al mismo tiempo, la promesa de una felicidad distinta a la que ofrece el mundo.
“Felices los pobres de espíritu, los mansos, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia…” Humanamente, estas palabras parecen una contradicción. ¿Cómo puede ser feliz el que sufre, el que es perseguido, el que llora?
Pero Jesús nos revela que la verdadera felicidad no depende de tener, de dominar o de imponerse, sino de vivir confiados en Dios, con un corazón limpio, misericordioso y abierto a los demás.
Las bienaventuranzas nos enseñan que Dios está del lado de los que no se creen autosuficientes, de los que luchan por la justicia, de los que trabajan por la paz, aunque eso tenga un precio.
No prometen una vida fácil, pero sí una vida plena, con sentido, sostenida por la esperanza del Reino del Padre.
Hoy el Señor nos invita a revisar nuestros criterios de éxito y felicidad. ¿En qué ponemos nuestra confianza? ¿En nuestras fuerzas, en el reconocimiento, en el poder? ¿O en Dios, que nunca abandona a los humildes de corazón?
Pidamos la gracia de vivir como ese “resto humilde” del que habla Sofonías; de gloriarnos solo en el Señor, como nos recuerda san Pablo; y de dejarnos transformar por las bienaventuranzas, para que nuestra vida sea un signo del Reino del Señor Jesús.
Dios te bendice oramos: Credo, Padrenuestro, Avemaría, Gloria.
